La señora alcaldesa no sabe tocar música, pero sopla la trompeta. Nada aprendió de Barcelona y Sevilla. Ahora ocurre en Zaragoza. Esos Ayuntamientos supieron afinar sus recursos, su imagen corporativa y sus esfuerzos e integraron su acción técnica y política en los organismos encargados de la ejecución de sus importantes proyectos ciudadanos. Fueron y son cuestiones de estado, como lo es en Cádiz la conmemoración del Bicentenario de La Pepa.
Con la trompeta doña Teófila hace ruido, y rapiña méritos, además de dar dolor de cabeza a los que vienen a Cádiz a echar una mano. Dicen que era suya la mano que impedía que el Oratorio de San Felipe Neri pasase a propiedad pública para convertirse en Centro de Estudios Constitucionales; es suya la valla que discute el nombre del segundo puente, aunque el ‘paganini’ quiere llamarlo, con acierto, de otra manera; también se sabe que quiso apropiarse del Castillo de San Sebastián como una pirata inglesa, pero sin parche: menos mal: en los cuarteles y en el dique, en lugar de instalaciones sociales, hizo viviendas de renta libre; además tenemos los tararís de don Antonio ‘Camballá’ Castillo buscando América en Finlandia, el banderón autoconcedido que no sirvió para que los méritos históricos de nuestra ciudad fueran reconocidos por los representantes de la Nación, o los disfraces, que no uniformes, del General de Brigada de la Milicia Nacional (el GEBRIMÍN de Cádiz, según se abrevia en las Fuerzas Armadas) don Enrique García-Agulló, milicia entrenada por un capataz de procesiones al que tildan de dar algún que otro pasito de más y fuera del tiesto. El surrealismo andaluz tiene en este Ayuntamiento una fuente inagotable de inspiración.
O sea, que sumando trompetazos, cuatro premios, el chiste del Porvoo-rón y el Castillo-rón, la musiquita casposa y los juegos infantiles, lo que va dejando doña Teófila en el Bicentenario son zancadillas, regates sin balón y ese mantra que suena en el espejo de su despacho, que, imitando a Zubiela, repite ‘tú, tú, tú’, así se le pregunte por la más bonita, la más generala, o por la niña, la prima o la algo… de don Mariano Rajoy.
Es el miedo a que la medalla se la ponga otro, es la improvisación, la desidia intelectual del equipo de gobierno, la falta de respeto a las otras instituciones (saca su propio logotipo y su programación independiente), es puro egoísmo político que impide que las nueces, las de verdad y no el ruido, lleguen a esta ciudad y rebosen más allá de 2013.
Es de esperar que tras esta fantochada de Semana Constitucional, la señora alcaldesa recapacite, abandone la quinta columna y empiece a afinar su instrumento con los demás. Las obras son importantes y no debe usarlas para hacer política cateta y partidista. Su orgullo no puede ser un obstáculo para las inversiones ajenas. Si no, que se sepa: si persiste en su romería personal, tras su paso, a los de Cádiz no nos va a quedar sino una fuente para dar de comer a los patos.




Escribe un comentario